4/10/2008
Muchas cosas han cambiado desde la última vez que escribí aquí y mucho más desde que no lo hacía con asiduidad. Intento retomar la costumbre con el pretexto de contar todo lo que estoy pasando por Grecia pero parece ser que la cuna del arte clásico no me sirve de mucha inspiración. En vez de eso he encontrado parte de ella poniendo una reclamación a Vodafone. Que no es que sea nada para tirar cohetes, ni que le vaya importar a nadie, pero de algún modo habrá que empezar a quitar las telarañas. Ahora sólo queda esperar la respuesta.
=======================================================================================
Sé que lo escrito a continuación puede parecer un correo carente de total seriedad, pero es que últimamente los errores informáticos de Vodafone y más particularmente los que se han producido con respecto a mí como usuario me parecen un cachondeo, y ahora sí, una total falta de seriedad y previsión por su parte.
Les expongo los motivos que me han llevado a tal conclusión:
En primer lugar intenté canjear mis puntos por un móvil, que por lo visto estaba completamente agotado dentro del territorio español, pero que ustedes seguían ofreciendo a través de la web, haciendo que el cliente se patease todas las tiendas posibles para encontrar algún ejemplar.
Obviamente, intenté canjear mis puntos por otro móvil pero, por un error informático, no pude hacerlo en más de cinco días, y gracias a que al final quien hizo la transacción fue una dependienta de una tienda Top Digital realizándolo por otras vías. Seguramente, de no haber sido así, todavía estaría esperando poder canjear mis puntos.
De todos modos, eso es paja comparado con el resto.
Durante ese tiempo también se me envió un mensaje, como todos los meses, indicándome el importe de mi próxima factura y cuándo se haría el cobro, pero ¡oh! cuál fue mi sorpresa al descubrir que no podía consultar mi factura electrónica. Por lo tanto llamé al servicio de atención al cliente solicitando una copia por correo ordinario. Al ver que no recibía respuesta y que me iba a tocar pagar algo que desconocía, levanté una orden de impago en mi banco. Cuatro días después de la fecha de vencimiento del cobro, recibo un mensaje informando de problemas con el cobro, indicándome que me pusiese en contacto con ustedes (hay que ver cómo mueven el culo cuando se toca el bolsillo). Al hacerlo y contarle mi situación a la teleoperadora, ésta me informa que es imposible enviarme una copia de mi factura por correo ordinario, ¿y a que no saben por qué? Pues sí, lo han adivinado, de nuevo por un error informático. Además, no contento con eso, me pasan automáticamente a la sección de cobros donde otra teleoperadora me informa que si no pago se me pasarán un recargo porque el impago de esa factura no se ha producido a un error de Vodafone. Claro, que digo yo, que si un error informático no es culpa de Vodafone, ustedes me dirán de quién, porque que yo sepa no es con la empresa que lleva sus servidores con las que tengo que rendir cuentas sino con ustedes, y ya se apañarán con quien corresponda.
Pero, la historia no acaba aquí, no. Como por fin puedo consultar mi factura electrónica (cosa de tres días, no más), he intentado realizar el pago a través de su portal (debido a que me encuentro en el extranjero y no puedo hacerlo de otro modo) y, como no, otra vez no puedo hacerlo por…(redoble de tambores) … ¡EL ERROR INFORMÁTICO!
Miren, yo pensaba que esto era una empresa seria, y claro, lo ha sido hasta que han empezado a aparecer los problemas. A partir sus teleoperadores sólo han hecho que pasarse el marrón de uno a otro y responderme con: “lo siento pero parece que tenemos un error técnico”. Así que, por favor, arreglen lo que tengan que arreglar y dejen de tocarme las narices. Sólo quiero un servicio eficiente y que responda, sin problemas, complicaciones ni excusas.
Gracias.
23/04/2008
Visto desde lejos intimidaría ver un grupo tan grande de gente moviéndose al unísono, perfectamente coordinados, como si los dirigiese una consciencia superior. Pero de cerca, esa maravillosa estructura se derrumba, quedando reducida a una infinidad de personas, una enorme masa de sujetos, tan preocupas en dirigir sus miradas hacia el frente que nunca verán quien tienen a su derecha. Pero, aún así, su movimiento queda sincronizado por el latir de los semáforos.
En tu mente un sitio así podría ser Atocha, Picadilly, Time Square… cualquier “rincón” del mundo moderno. De hecho podrías ser tú el que viese asaltada su rutina, su día a día, con una pregunta un tanto peculiar:
- Disculpe un segundo por favor, me gustaría proponerle un negocio inusual: le vendo mis principio.
Detrás de una pregunta así seguro que se esconde alguien con pintas de loco, melena desgarbada, ropa rasgada… Lentamente giras, el cuello buscando al mendigo que se llevará tu dinero del día destinado al café. Mientras esperas que todo haya sido un error de tu cerebro por la falta de sueño, retiras un auricular de tu oído.
- ¡¿Qué?!
- Eso, que le vendo mis principios.
Pero allí, donde se supone que debería haber una especie de mendigo con mirada errática, se encuentra un hombre de unos cuarenta años, metro ochenta, recién afeitado, bien peinado y mejor vestido. A su lado, un niño con uniforme de maristas y mochila al hombro le coge la mano. El asombro con el que te mira contrasta con la seguridad con la que lo hace el posible padre.
- ¿Qué me responde, hay trato?
- ¡¿Está usted loco? ¿Por qué iba a querer comprarle los principios? ¿Cree que me sobra el dinero para irlos regalando a alguien que incluso puede permitirse el vestir mejor que yo?!
Apenas acabada la frase, el hombre se gira en dirección al niño, con total despreocupación, como si nada de eso hubiera ido con él.
- ¿Ves hijo? Acabas de aprender la lección más importante en tu vida: tus principios nunca te darán de comer, y no importa cuantos maestros, filósofos o moralistas traten de convencerte de lo contrario. La moral es un lujo que no nos podremos permitir hasta que hayamos saciado nuestras otras necesidades.
10/01/2008
Siempre era lo mismo, comenzaba con un grito furioso que desgarraba el aire interrumpiendo por un instante la tediosa cadencia de villancicos enlazados. Nunca un grito sonó tan dulce, bueno sí, pero yo no tenía a las jugueterías en mi lista de lugares bizarros donde deseaba practicar el sexo, así que ese tipo de gritos no podía ubicarlo dentro del actual contexto. Pese a que ya sabía qué hechos serían desencadenados a continuación, cualquier cosa valía a cambio de unos segundos de no escuchar “a Belén pastores…”, “yo me remendaba yo me remendé…” y el resto de éxitos del momento. El niño caía al suelo y empezaba un desenfreno de golpes, pataleos, movimientos espasmódicos, lagrimones y llantos. La impotencia del momento, de no poder conseguir su juguete conducían al pobre chaval a la desesperación de utilizar la última de sus armas con tal de alcanzar su objetivo: el superhipermegabotdelcopónquetiracohetesporlabocayfuegoporelculo, pero claro él no era quién disponía del dinero y del poder decisión en esos casos.
La verdad es que la asiduidad con la que se suceden todos estos capítulos de rabieta en fechas navideñas, me lleva a pensar que no parece que hayamos cambiado tanto pese a tener ya un cuarto o medio siglo sobre nuestras espaldas (o cualquier otra cifra con la que nos consideremos lo suficientemente adultos y maduros). Bien es cierto que no nos ponemos así por la casa-mansión de los playmobil, porque no nos compren la última consola o porque no nos pospongan la hora de vuelta a casa una hora más por ser el cumpleaños de Menganito (tal vez porque ahora tengamos el dinero o el poder de decisión), pero siguen existiendo esos momentos en los que sientes la misma impotencia que aquel niño de la juguetería al ver como tus sueños, deseos o anhelos se alejan sin que puedas hacer nada. Y entonces recurres de nuevo a la pataleta sin saber muy bien el porqué, tal vez porque alguna vez llegó a funcionar, porque es lo último que te queda por intentar o simplemente porque necesitas desahogarte. Mas ya no son cinco, ni siete años y tu inocencia quedó rota tiempo atrás para que pudieses seguir viviendo en esta sociedad,esta vez sabes dónde duele y atacas y manipulas utilizando la mente de un adulto aunque protagonices la reacción de un niño. Estallas con un grito y discutes y discutes hasta que olvidas el objetivo de la discusión, quedando éste tergiversado con tal de tener razón y de causar el mayor daño posible.
Al final, la rabia y la frustración cesan, desapareciendo el niño y volviendo el adulto, dándose éste último cuenta de que se dijeron cosas que no se deberían haber dicho o hecho, pero que ya no hay vuelta atrás, porque el arrepentimiento nunca nos quitará nuestra parte de responsabilidad, porque ahora ya tenemos el dinero y el poder de decisión.
20/11/2007
En esta vida, todo va y vuelve. Y en ese contínuo devenir siempre acabamos encontrando un matiz, un brillo, una luz que hace que cambie nuestra forma de ver las cosas, dejando entrever nuevas respuestas a ya viejas preguntas, pero también haciéndonos recordar aquello que dejamos olvidado en el camino pero que nos gustaba tanto.
Tal vez por eso hoy vuelvo a escribir, como un yonki que busca la grata sensación de su primera vez en el chute de cada día, hoy busco pensamientos perdidos en mis propias palabras, busco saber quién soy como aquella vez en la que empecé a encontrarme.
9/07/2007
Cuando uno emprende un viaje como el mío, irse a Canadá sin conocer a nadie, piensa en que casi cualquier cosa es posible, pero claro, lo que no te esperas es que a tu madre le dé por decirle al monitor, en el aeropuerto de Barajas (T4), que te has ido a cagar justo en el momento en que te ausentas de las maletas. Debería habérmelo imaginado, todo apuntaba a que algo funesto iba a suceder. No es que mi familia hubiésemos sido capaces por una vez de ir desde Leganés a la terminal sin perdernos, aún sin conocer el camino. No es que llegásemos a la hora prevista sin retrasarnos, no: es que llegamos los primeros, NOSOTROS, que cada vez que vamos a realizar un viaje, salimos siempre dos horas más tarde de la hora prevista. Ante algo tan extraño debería haber estado más atento, la última vez que le di cuerda a uno de mis padres acabó jaleándole a las chicas del can-can en el “saloon” de la zona del Lejano Oeste en Port-Aventura, y con unos doce años puede ser algo muy frustrante, mi psicoterapeuta todavía tiene que ponerse protecciones cada vez que saca el tema, aunque la verdad es que hoy en día sería yo el primero en hacerlo.
“El siguiente”, me llama un tío con el pelo inusualmente cano para su edad y al que parece que le han metido un palo de escoba por el culo. Empieza a facturar mi maleta con la habilidad pasmosa de un mono al que le han amputado los dos brazos, parece que cada uno de sus movimientos tiene que venir precedido por una conversación con la chica de su derecha. Por la cara de ella, hasta el más tonto de la cola sabe cómo va a acabar la historia, ella montándoselo con un piloto y él poniendo a prueba su pericia con la mano en el cuarto de baño tratando de no salpicarse esa chapa tan brillante en la que pone Iberia.
Cinco minutos más tarde ya tengo un bulto menos encima del que preocuparme pero, debido a la buena organización de la compañía de vuelo, tengo que jugar al tetris tratando de recomponer todo lo que contenía mi bolsa de mano dentro de la bolsa del portátil. Por lo visto la información que nos dio la British Airways era incorrecta, punto a favor para ellos: 1-0. No hay porqué alarmarse mi padre es bueno haciendo esas cosas así que me arranca sendas mochilas de mis manos y empieza a reubicarlo todo aunque cuando eso le lleva a mostrar mi ropa interior delante de un aeropuerto. A partir de ahora sólo quedan unos cuantos controles de aduana y un transbordo en Londres entre Canadá y yo.
7/06/2007
A veces tengo la sensación de ser una copa de cristal finísimo, capaz de entrar en resonancia y vibrar conjuntamente con todo lo que me rodea, y tal vez por eso, me dio por forrarme con poliestireno expandido. La verdad es que dentro del embalaje se está de puta madre. Así ocurre, que de tiempo en tiempo, se me olvida que fuera sigue habiendo una vida con la que ir llenándose para volverse a vaciarse de nuevo (por favor, tratad de leer esto con la mayor seriedad posible). Pero sigo teniendo miedo a romperme cuando el sonido es tan agudo como para dañar los oídos. Tengo miedo de quebrarme porque jode bastante ir recomponiendo todos los pedazos. Miedo, ja! estúpido sentimiento colado en nuestro ADN como defensa para perpetuar la especie. Sí, estúpido, irracional, pero seguimos estando indefensos ante él, pasan los años y estos nos sirven para apaciguar los temores, aunque sea cierto que han ido cambiando de forma (el hombre del saco ya no es enemigo).
Sigo siendo frágil por necesitar un embalaje, por a veces pensar en el camino fácil, el rápido, y esconder la cabeza. Soy frágil porque me siento incompleto, porque mis amigos son más importantes de lo que nadie piensa. Soy frágil porque la estupidez que veo día a día todavía es capaz de descentrarme lo suficiente como para estar escribiendo esto en vez de estudiar para el examen de mañana. Tal vez por eso sigo necesitando mi corcho blanco, porque evita que consiga vibrar con las ondas que emiten algunos gilipollas, todos ellos forrados en su papel de burbujas del que ni si quiera se han despegado una sola vez, y no por miedo a romperse, sino porque ni si quiera han sido capaces de ver que lo llevan puesto. Ellos no vibran, no sienten lo que les rodea, no temen a romperse porque nunca han sabido qué es un golpe. Sólo de vez en cuando, ante la repentina muerte de un colega al volante, han visto a lo lejos algo que se astillaba y han saltado con lágrimas que iban más allá de la comprensión de la vida y del dolor, alardeando de sufridores, de empáticos, de haber soportado el dolor de Cristo cuando estaba en la cruz. Cuando ellos quieren un coche compran el más caro y grande, cuando cagan, cagan oro y sus bellezas doradas inundan todos los retretes hasta desbordarlos. Cómo iba a ser si no su dolor cuando sufren.
Copas envueltas de papel de burbujas, copas que nunca entederán su cometido porque nunca fueron llenadas, incapaces de percibir un armónico. A fin de cuentas, copas tan sólo preocupadas porque el borde que las bañaba pierde su color.
2/06/2007
Así rezaba la noche del jueves la pantalla de mi ordenador, cuando en mitad de una práctica me preguntaba a mi mismo si debía seguir teniendo fé en la raza humana cada vez que aparecía el dinero de por medio.
Si hace poco estaba contentillo por abandonar mi piso (a ver no me contenta mucho dejar de ver a una de mis compañeras), al final no me quedan más cojones que seguir otro mes más, y no por placer ni nada parecido, sino por mi casera, que se negó en devolverme la fianza amparándose en un papelajo con firmas y tachones sin ninguna obligación legal, al que ella llama cariñosamente contrato, yo, por contra, le llamo digo obscenidades cuando estamos en la cama, como que es un trozo de papel del culo o una papeleta de voto al PP, le pone, lo sé.
En cualquier otro momento le habría dicho que se quedase con la fianza, a ver si con un poco de suerte, tratando de mantener ese descomunal trasero que tiene, se lo gastaba todo en pasteles y se moría de un infarto, librando al mundo de otro hijo de puta más, pero con 11.61€ en el banco, no hay huevos.
Por contra, tuve que conformarme en una discusión ridícula que yo conducía por donde me daba la gana, hasta que hice que se sintiese mal consigo misma por haberse comportado de una manera tan vil y rastrera. Claro está que eso no hizo que cambiase de opinión con respecto a la fianza, con 160€ uno se puede comprar tal cantidad de helados y pasteles que se te quita cualquier depresión del cuerpo.
Lo malo, también fue que al hacer algo así, la sensación de bienestar fue igualita, igualita que a la de malestar, porque ni soy así, ni me gusta serlo y ni mucho menos tengo una conducta moral tan impoluta como para ello.
Hace poco ha sonado mi móvil, era ella informándome que el lunes se pasará a recoger la mensaualidad de Junio. Creo que en mi discusión fui muy suave, debería haber usado el maltrato psicológico hasta haberla convencido que por el bien de todos debía saltar en ese mismo instante por la ventana.
25/05/2007
Puedo vivir sin saber lo que es un quásar o cuál es el sentido del spin de un electrón. Sin conocer la magnitud de la galaxia o el porqué de nuestra existencia. O si ese Dios católico con una barba tan luenga y blanca tienes pelos en los hombros y canas en los pezones. Pero hay otro montón más que el no conocerlas me mata, me ahoga. Como tus lágrimas que aullaban silenciosa culpabilidad, las motivaciones subyacentes tras un montón de decisiones, o el saber qué hubo detrás de ciertas palabras nacidas en un momento no deseado. Por qué no hay ni si quiera amistad en esas cenizas que sólo dibujan tensión.
Malo es hacerse ciertas preguntas cuando a su vez lo único que ronda por tu cabeza son los remordimientos post-atracón a helado de chocolate mezclado con fresas troceadas. Pero ciertas escenas televisivas me han hecho, más que recordar, revivir, y volver a desear partirme la mano derecha contra la pared. Y así dejar que las doctoras de falsa moral puedan mirarme con desprecio, para luego negarme la asistencia médica y, que de esa manera, vuelvan a casa a dormir bien, sabiéndose haber dado su lección a un maltratador.
Sí, el desconocerte me mata, y será verdad que me hago viejo, porque en vez de concentrar toda la frustración en un enorme bola para hacerla reventar contra algo de manera violenta, sólo puedo dejarla salir en forma de un halo invisible que me rodea y que se escapa a través de los poros de mi piel, hasta que ya no vuelva a quedar nada de eso, y siga mi vida, mirando hacia un lado donde no hayan incógnitas que sean capaces de hacer tambalear mi rumbo. Porque seguro que Dios, con esa pedazo barba, tiene pelos en más partes que el resto de los humanos.
21/03/2007
Hace algunos años, un niño soñó conmigo. Soñó que yo trabajaba en algo excitante que me hacía viajar cada día a un nuevo lugar. Soñó con un potente y caro deportivo. Soñó con una bonita casa situada sobre una calita, donde vivía con una bella mujer, inteligente, que me amaba y me mimaba. Y que cada día con ella era un intento de superación, de sorprendernos con nuevas locuras para hacernos saber lo mucho que nos queríamos (soñar es gratis pero inútil, así que cada día me lo permito menos).
Los 25 son esa barrera que te pones de pequeño para cruzar la línea que separa a un niño de un adulto. Y una vez que la alcanzas, te sientes igual que con 18, sólo que empiezas a ser algo consciente de que te queda menos tiempo para hacer todo eso que se quedó en el tintero, porque… joder! por muy joven que te encuentres por dentro, lo tuyo ya es un cuarto de siglo y algunas de esas gotas, que descansan en el tintero, son como el sarampión, y hay que beberlas y disfrutarlas a su edad, si no, cuanto más tarde: peor lo pasas, llegando incluso a destruirte, y yo aún tengo el bote casi lleno y si no lo vacío a tiempo, no podré disfrutar de lo que me tocaría en esta época.
El caso es, que por mucho que piense en que esa barrera no va a ejercer ninguna presión psicológica, el simple hecho de pronunciar mentalmente su altura deja caer una mochila cargada con el peso de una breve pero plomiza experiencia sobre mis hombros. No creo que ni las personas ni el sentimiento que me engendraron imaginasen este futuro para mi, ni tampoco lo hizo aquel niño cuando soñó conmigo. Si miro para atrás, casi siempre he visto una versión mejorada de lo que soy, cuando debería ser al revés, algo que no sirve sino para que me replantee mi camino, mi situación y trate de ver en qué momento, esa versión mejorada erró el rumbo.
Hoy me siento como si hubiese fallado a todo el mundo, pero sobre todo a mi. Y también tengo esa sensación de que, pese a todo lo que haga por mejorar, no será más que una vana pataleta, una fútil carrera por intentar salir de un laberinto que yo solo he creado. Hecho de menos ese lecho de plumas sobre el que recostarme cuando esté cansado, esa burbuja que me aislaba de la realidad. Echo de menos que mi universo no sea tan plural, en vez de estar compuesto única y exclusivamente por dos personas.
Pero, igualmente, hoy sólo puedo quejarme para mañana volver a este presente incierto, a las prácticas, a la multitud, al frío que siento cada mañana y a ser ese adolescente de edad incierta.
P.D. Google me ha reagalado los oídos (en este caso los ojos) diciéndome que soy un motivo estimulante
5/03/2007
Siempre hablo de lo mucho que he evolucionado personalmente o he madurado últimamente, pero creo que el hecho que verdaderamente constata “eso de que me estoy haciendo mayor” es que mi día favorito de la semana ha pasado de ser los viernes a ser los lunes.
He cambiado el indicio de la juerga, la borrachera y el fin de semana por las ocho horas de oficina. Visto así, no sé si estoy hablando de madurez o de gilipollez. Claro, como los dos acaban en -ez, los mismo me estoy liando. O eso, o adoro mi trabajo. Veamos, no soy deportista de élite, sobreentiéndase piloto de F1, tenista o jugador de la NBA, si disfrutase como ciclista, estando sentado cinco horas sobre algo parecido a una roca con forma fálica, estaría tan mal de la cabeza como el que disfruta regalando a un precio ínfimo las mejores ocho horas de su día (pero hay que vivir, ya sea moviendo el culo delante de una cámara en el Mortirolo, o delante de las salidas de administración). Tampoco soy actor porno de pelis hetero (ojo, cada uno que barra para su casa), ni un Rock Star (o un triunfito, quié sabe, esto es como lo de antes, para gustos: colores). Entonces, si no soy nada de eso, ¿dónde está el truco? Porque fijo que lo hay, seguro que trabajo como camello, médico sin fronteras o en algún otro oficio donde premia más el compromiso social que el dinero. Efectivamente yyy… NO. El truco está en que soy estudiante universitario, que es lo mismo que el estudiante escolar pero con pelos en los huevos, o si lo preferís, como el de instituto pero sin cambios de voz, o, sencillamente, sin tanta estupidez (aunque esto último no se puede decir muy alto).
Da igual lo puteado que esté saltando, durante doce horas, de clase en clase pese a lo soleado, verde y florido que esté el césped del Campus. Cada lunes, después de haber pasado un fin de semana en mi pueblo, es como volver a vivir aquel primer día con tanta belleza por doquier y esas mujeres tumbadas en el césped, tomando el sol, abiertas de pat… EH! Que se me va (puta primavera adelantada, aún no me he concienciado para esto).
A lo que iba, ahora los lunes son mejores que ese día, si cabe. En cada uno de estos primeros días no hay carreras ni codazos por coger un viaje de una hora en un autobús, casi siempre mal oliente, con el “reggeaton” sonando a un volumen que traspasa la música que lleves en los auriculares. Y esto es algo que permanece inmutable por mucho que cambien los conductores. Por lo visto, cuando se sacan el carnet les regalan un CD con todos los éxitos del verano de hace dos años y de Camela, además de desarrollar un pésimo mal gusto para oír el fútbol en la radio a toda pastilla (aunque creo que esto viene de serie por ser español).
La verdad es que me siento bastante afortunado por poder vivir este año en un piso a 10 minutos andando de la universidad, y sobre todo por tener esta segunda oportunidad de estudiar, esta vez, con más cabeza. Y estar así, rodeado de tanta belleza y de todas esas curvas que se insinúan a través de telas ceñidas y sobredimensionados escot…
MIERDA! OTRA VEZ!
Nota mental: Nunca volver a escribir un post al aire libre. Nunca volver a escribir un post al air…