Siempre era lo mismo, comenzaba con un grito furioso que desgarraba el aire interrumpiendo por un instante la tediosa cadencia de villancicos enlazados. Nunca un grito sonó tan dulce, bueno sí, pero yo no tenía a las jugueterías en mi lista de lugares bizarros donde deseaba practicar el sexo, así que ese tipo de gritos no podía ubicarlo dentro del actual contexto. Pese a que ya sabía qué hechos serían desencadenados a continuación, cualquier cosa valía a cambio de unos segundos de no escuchar “a Belén pastores…”, “yo me remendaba yo me remendé…” y el resto de éxitos del momento. El niño caía al suelo y empezaba un desenfreno de golpes, pataleos, movimientos espasmódicos, lagrimones y llantos. La impotencia del momento, de no poder conseguir su juguete conducían al pobre chaval a la desesperación de utilizar la última de sus armas con tal de alcanzar su objetivo: el superhipermegabotdelcopónquetiracohetesporlabocayfuegoporelculo, pero claro él no era quién disponía del dinero y del poder decisión en esos casos.
La verdad es que la asiduidad con la que se suceden todos estos capítulos de rabieta en fechas navideñas, me lleva a pensar que no parece que hayamos cambiado tanto pese a tener ya un cuarto o medio siglo sobre nuestras espaldas (o cualquier otra cifra con la que nos consideremos lo suficientemente adultos y maduros). Bien es cierto que no nos ponemos así por la casa-mansión de los playmobil, porque no nos compren la última consola o porque no nos pospongan la hora de vuelta a casa una hora más por ser el cumpleaños de Menganito (tal vez porque ahora tengamos el dinero o el poder de decisión), pero siguen existiendo esos momentos en los que sientes la misma impotencia que aquel niño de la juguetería al ver como tus sueños, deseos o anhelos se alejan sin que puedas hacer nada. Y entonces recurres de nuevo a la pataleta sin saber muy bien el porqué, tal vez porque alguna vez llegó a funcionar, porque es lo último que te queda por intentar o simplemente porque necesitas desahogarte. Mas ya no son cinco, ni siete años y tu inocencia quedó rota tiempo atrás para que pudieses seguir viviendo en esta sociedad,esta vez sabes dónde duele y atacas y manipulas utilizando la mente de un adulto aunque protagonices la reacción de un niño. Estallas con un grito y discutes y discutes hasta que olvidas el objetivo de la discusión, quedando éste tergiversado con tal de tener razón y de causar el mayor daño posible.
Al final, la rabia y la frustración cesan, desapareciendo el niño y volviendo el adulto, dándose éste último cuenta de que se dijeron cosas que no se deberían haber dicho o hecho, pero que ya no hay vuelta atrás, porque el arrepentimiento nunca nos quitará nuestra parte de responsabilidad, porque ahora ya tenemos el dinero y el poder de decisión.

