A veces tengo la sensación de ser una copa de cristal finísimo, capaz de entrar en resonancia y vibrar conjuntamente con todo lo que me rodea, y tal vez por eso, me dio por forrarme con poliestireno expandido. La verdad es que dentro del embalaje se está de puta madre. Así ocurre, que de tiempo en tiempo, se me olvida que fuera sigue habiendo una vida con la que ir llenándose para volverse a vaciarse de nuevo (por favor, tratad de leer esto con la mayor seriedad posible). Pero sigo teniendo miedo a romperme cuando el sonido es tan agudo como para dañar los oídos. Tengo miedo de quebrarme porque jode bastante ir recomponiendo todos los pedazos. Miedo, ja! estúpido sentimiento colado en nuestro ADN como defensa para perpetuar la especie. Sí, estúpido, irracional, pero seguimos estando indefensos ante él, pasan los años y estos nos sirven para apaciguar los temores, aunque sea cierto que han ido cambiando de forma (el hombre del saco ya no es enemigo).
Sigo siendo frágil por necesitar un embalaje, por a veces pensar en el camino fácil, el rápido, y esconder la cabeza. Soy frágil porque me siento incompleto, porque mis amigos son más importantes de lo que nadie piensa. Soy frágil porque la estupidez que veo día a día todavía es capaz de descentrarme lo suficiente como para estar escribiendo esto en vez de estudiar para el examen de mañana. Tal vez por eso sigo necesitando mi corcho blanco, porque evita que consiga vibrar con las ondas que emiten algunos gilipollas, todos ellos forrados en su papel de burbujas del que ni si quiera se han despegado una sola vez, y no por miedo a romperse, sino porque ni si quiera han sido capaces de ver que lo llevan puesto. Ellos no vibran, no sienten lo que les rodea, no temen a romperse porque nunca han sabido qué es un golpe. Sólo de vez en cuando, ante la repentina muerte de un colega al volante, han visto a lo lejos algo que se astillaba y han saltado con lágrimas que iban más allá de la comprensión de la vida y del dolor, alardeando de sufridores, de empáticos, de haber soportado el dolor de Cristo cuando estaba en la cruz. Cuando ellos quieren un coche compran el más caro y grande, cuando cagan, cagan oro y sus bellezas doradas inundan todos los retretes hasta desbordarlos. Cómo iba a ser si no su dolor cuando sufren.
Copas envueltas de papel de burbujas, copas que nunca entederán su cometido porque nunca fueron llenadas, incapaces de percibir un armónico. A fin de cuentas, copas tan sólo preocupadas porque el borde que las bañaba pierde su color.


