Hace algunos años, un niño soñó conmigo. Soñó que yo trabajaba en algo excitante que me hacía viajar cada día a un nuevo lugar. Soñó con un potente y caro deportivo. Soñó con una bonita casa situada sobre una calita, donde vivía con una bella mujer, inteligente, que me amaba y me mimaba. Y que cada día con ella era un intento de superación, de sorprendernos con nuevas locuras para hacernos saber lo mucho que nos queríamos (soñar es gratis pero inútil, así que cada día me lo permito menos).
Los 25 son esa barrera que te pones de pequeño para cruzar la línea que separa a un niño de un adulto. Y una vez que la alcanzas, te sientes igual que con 18, sólo que empiezas a ser algo consciente de que te queda menos tiempo para hacer todo eso que se quedó en el tintero, porque… joder! por muy joven que te encuentres por dentro, lo tuyo ya es un cuarto de siglo y algunas de esas gotas, que descansan en el tintero, son como el sarampión, y hay que beberlas y disfrutarlas a su edad, si no, cuanto más tarde: peor lo pasas, llegando incluso a destruirte, y yo aún tengo el bote casi lleno y si no lo vacío a tiempo, no podré disfrutar de lo que me tocaría en esta época.
El caso es, que por mucho que piense en que esa barrera no va a ejercer ninguna presión psicológica, el simple hecho de pronunciar mentalmente su altura deja caer una mochila cargada con el peso de una breve pero plomiza experiencia sobre mis hombros. No creo que ni las personas ni el sentimiento que me engendraron imaginasen este futuro para mi, ni tampoco lo hizo aquel niño cuando soñó conmigo. Si miro para atrás, casi siempre he visto una versión mejorada de lo que soy, cuando debería ser al revés, algo que no sirve sino para que me replantee mi camino, mi situación y trate de ver en qué momento, esa versión mejorada erró el rumbo.
Hoy me siento como si hubiese fallado a todo el mundo, pero sobre todo a mi. Y también tengo esa sensación de que, pese a todo lo que haga por mejorar, no será más que una vana pataleta, una fútil carrera por intentar salir de un laberinto que yo solo he creado. Hecho de menos ese lecho de plumas sobre el que recostarme cuando esté cansado, esa burbuja que me aislaba de la realidad. Echo de menos que mi universo no sea tan plural, en vez de estar compuesto única y exclusivamente por dos personas.
Pero, igualmente, hoy sólo puedo quejarme para mañana volver a este presente incierto, a las prácticas, a la multitud, al frío que siento cada mañana y a ser ese adolescente de edad incierta.
P.D. Google me ha reagalado los oídos (en este caso los ojos) diciéndome que soy un motivo estimulante
Es innegable que el paso del tiempo nos va cambiando. De pequeño no te gustan las lentejas y de mayor tampoco es que las adores, pero no montas un circo por comerte un plato a la semana. Y esto se transmite a todas áreas de nuestra vida, y a todas las personas, por muy idealistas, podridamente ricas o inmaduras que sean. Pero claro, levantarte un día y encontrarte con un Unplugged de Korn como que descoloca a cualquiera. Putas modas, si es que hasta Alejandro Sanz y Ricky Martin se apuntaron a hacer uno para la MTV (pero qué no harían estos por dinero). Creo que Kurt Cobain ya se imaginó algo y no tardó mucho tiempo en declarar que se arrepentía de haberlo hecho.
Retomando lo de antes, el tiempo pasa y nos hacemos viejos. Y aquellos jóvenes que hablaban de frustraciones y hacían música oscura, como ésta:
Han pasado a convertirlo en algo como esto:
Donde la MTV, la cadena que puso de moda los programas de automutilación, sufrimiento y de ver cuán bajo puede caer el ser humano por dinero, no les permite decir un mísero fuck delante de los micros (aunque Amy Lee en un intento de ir en contra de la hipocresía lo diga por encima del micro, para que sólo le sea recogido un poco: VIVA LO POLITICAMENTE CORRECTO).
Y toda esta parrafada sólo para decir que tengo un nuevo disco que escuchar y sobre todo para reírme con esas guitarras mariachis en BLIND, la canción que significó un himno de mi adolescencia. Y bueno, aunque algunos temas suenen a cagadas, el paso del tiempo conlleva experiencia, que bien o mal aprovechada, es un grado, y si Jon Davis es capaz de hacer arreglos para orquestas cómo no iba a serlo para hacer otro tanto de lo mismo para cuerdas, piano y percusión y meterlos elegantemente en su acústico.
Ya que estoy, y para terminar, como versión rara, rara de los KoRn, pero buena, muy buena, esta jazzística del tema de antes:
P.D. Ahora sólo me falta ver a la Martínez Bordiu bailando un fox (o debería invertir las palabras y decir a la Fox de Martínez Bordiu bailando) al ritmo de ese Freak On A Leash.
Siempre hablo de lo mucho que he evolucionado personalmente o he madurado últimamente, pero creo que el hecho que verdaderamente constata “eso de que me estoy haciendo mayor” es que mi día favorito de la semana ha pasado de ser los viernes a ser los lunes.
He cambiado el indicio de la juerga, la borrachera y el fin de semana por las ocho horas de oficina. Visto así, no sé si estoy hablando de madurez o de gilipollez. Claro, como los dos acaban en -ez, los mismo me estoy liando. O eso, o adoro mi trabajo. Veamos, no soy deportista de élite, sobreentiéndase piloto de F1, tenista o jugador de la NBA, si disfrutase como ciclista, estando sentado cinco horas sobre algo parecido a una roca con forma fálica, estaría tan mal de la cabeza como el que disfruta regalando a un precio ínfimo las mejores ocho horas de su día (pero hay que vivir, ya sea moviendo el culo delante de una cámara en el Mortirolo, o delante de las salidas de administración). Tampoco soy actor porno de pelis hetero (ojo, cada uno que barra para su casa), ni un Rock Star (o un triunfito, quié sabe, esto es como lo de antes, para gustos: colores). Entonces, si no soy nada de eso, ¿dónde está el truco? Porque fijo que lo hay, seguro que trabajo como camello, médico sin fronteras o en algún otro oficio donde premia más el compromiso social que el dinero. Efectivamente yyy… NO. El truco está en que soy estudiante universitario, que es lo mismo que el estudiante escolar pero con pelos en los huevos, o si lo preferís, como el de instituto pero sin cambios de voz, o, sencillamente, sin tanta estupidez (aunque esto último no se puede decir muy alto).
Da igual lo puteado que esté saltando, durante doce horas, de clase en clase pese a lo soleado, verde y florido que esté el césped del Campus. Cada lunes, después de haber pasado un fin de semana en mi pueblo, es como volver a vivir aquel primer día con tanta belleza por doquier y esas mujeres tumbadas en el césped, tomando el sol, abiertas de pat… EH! Que se me va (puta primavera adelantada, aún no me he concienciado para esto).
A lo que iba, ahora los lunes son mejores que ese día, si cabe. En cada uno de estos primeros días no hay carreras ni codazos por coger un viaje de una hora en un autobús, casi siempre mal oliente, con el “reggeaton” sonando a un volumen que traspasa la música que lleves en los auriculares. Y esto es algo que permanece inmutable por mucho que cambien los conductores. Por lo visto, cuando se sacan el carnet les regalan un CD con todos los éxitos del verano de hace dos años y de Camela, además de desarrollar un pésimo mal gusto para oír el fútbol en la radio a toda pastilla (aunque creo que esto viene de serie por ser español).
La verdad es que me siento bastante afortunado por poder vivir este año en un piso a 10 minutos andando de la universidad, y sobre todo por tener esta segunda oportunidad de estudiar, esta vez, con más cabeza. Y estar así, rodeado de tanta belleza y de todas esas curvas que se insinúan a través de telas ceñidas y sobredimensionados escot… MIERDA! OTRA VEZ!
Nota mental: Nunca volver a escribir un post al aire libre. Nunca volver a escribir un post al air…