Da igual cuanto planeemos algo, cuanto lo analicemos y cuan preparados pensemos estar frente a las adversidades. Siempre hay algo, por lo general tan diminuto e insignificante como un microbio que te hace cambiar completamente de opinión.
Dado que el año pasado escribí algo en contra de San Valentín, este año pensaba, debido a este ambiente especialmente ñoño que me rodea, hacerlo desde el otro lado para compensar, elogiando el amor y las sensaciones que lo rodean, pero visto lo visto, prefiero optar por esto (Ahora es cuando, si dominase el ASCII-Art saldría una mano con todos sus dedos plegados menos el anular, pero como no es así, os lo imagináis).
Pensaba, también, enviar un correo por un asunto pendiente en mi vida, por cosas que ocurren y nunca te explicas, por esa gente que desaparece sin más, y luego ni si quiera son capaces de dirigirte la palabra, como si la cobardía del silencio significase algo. ¿Qué miedo existe a las palabras? ¿O realmente el miedo es a hacer daño porque eso nos convertiría en malas personas? Vale, ahora ya sé porqué dicen que la educación va a peor: mejor no regaño a mi hijo cuando se porta mal no sea que me coja manía. Hacer daño es inevitable, ya sea de un modo u otro, somos muchos y por tanto queramos o no, hay interactuación, unas veces tan maravillosa como el sexo, otras tan desagradable como momentos y palabras incómodas en un instante oportuno. Pero claro, alguien (gente que responde como expertos en la materia, psicólogos creo que se hacen llamar) nos han metido en la cabeza que hay que ser felices y que para eso, lo primero y principal: LO MÁS IMPORTANTE ERES TÚ, y lo segundo: rechaza todo lo malo de tu vida. Y nosotros, como tontos, nos quedamos con lo que nos interesa: todo lo malo = a todo aquello que no nos gusta, así que si fuésemos críos de diez años, alejaríamos a las lentejas de nuestra vida. Pero como no lo somos, nos consideramos en posesión de la felicidad luciendo una maravillosa sonrisa mientras barremos la mierda debajo de la alfombra.
Mierda, esto de no tener tiempo para escribir y tener que hacerlo a retales es una auténtica putada: pierdes la inspiración del momento.
Nunca he sido especialmente rencoroso, o al menos, no a la larga. Es como si cualquier sensación la descargase y la disfrutase concentrándola en un breve periodo de tiempo. Horas más tarde, la rabia del principio se ha casi evaporado, y en este estadio de extraña felicidad doy pena escribiendo. Y por mucho que lo niegue, a una parte de mi le apetece algo de ñoñería, de mimos y de, como diría cualquier machito español que se precie: TODAS ESAS MARICONADAS. La verdad, no sé si este día fue inventado para las mujeres, como dicen muchos, o …
JODER! ASÍ NO HAY QUIEN SE CENTRE! Otra vez el novio de mi compañera de piso gimiendo, esto me pasa por estar tal día como hoy tecleando en el salón, pared con pared con su habitación.
A lo que iba, …o para los hombres, para dejar vencer esa parte sensible que todos tenemos pero que socialmente se nos impide mostrar por aquello de: “yo cazar”.
Lo siento, pero a la una y media ya es imposible hilar dos pensamientos coherentes seguidos.
Da igual el día que sea hoy, da igual lo mierda que te haya podido ir viendo a toda esa gente incumpliendo el undécimo mandamiento: “No comerás delante del hambriento” (aunque lo parezca, esto no va por ti). Por muy jodido que estés, aún a sabiendas de lo peligroso y autodestructivo que sea: AMA Y DÉJATE AMAR. Nunca es para siempre, distorsiona la realidad y cuando se acaba DUELE DE LA HOSTIA, pero jooooder, mientras dure, DISFRÚTALO.
(Esto ya es lo único que queda de lo que primeramente fue aquella buena intención).


