El motivo del cambio

20/12/2006

Alucinaciones Hipnagógicas [Mi Vida, En el Abismo] — escrito por Void a las 14:54:32

Mi cordura pende de un hilo en noches como ésta. Los gritos de una anciana se cuelan a través del patio de luces hasta la habitación del nuevo piso:
NO ME MATES!!
NO ME MATES!!

A cada grito, una voz suave, tratando de conciliarla, que va creciendo y pasa de un leve murmullo a tono rotundo y tajante:
Ya está bien, eh!

Y entonces… vuelve el silencio, y todo se acaba hasta que le vuelvan a asaltar los delirios o tengan que volver a ponerle otra inyección.

Pero mi mente sigue inquieta, y ya me resulta imposible conciliar el sueño. Cierro los ojos y veo figuras deformadas en mi mente. Veo las caras del miedo y de la muerte, con tal nitidez, que me llevan a pensar que si ahora abriese los ojos, las vería de pie, junto a mi cama.

La visión se sigue desformando y se entremezcla con recuerdos diluídos y aparece mi abuelo, postrado en su silla de ruedas sin poder mover su lado izquierdo y sin poder articular palabra. Sólo gestos, gemidos y muchos noes para hacernos saber a la familia cuáles eran sus necesidades.

A su lado, un niño con el pelo cepillo. Tenía el mismo corte de pelo que Schwarzenegger, porque quería ser como él, parecerse, tener su fuerza. Miraba al hombre de la silla sin alcanzar a comprender su situación, sus sentimientos. Intentaba vislumbrar la humanidad de lo que al principio le parecía un mueble más de la casa. Esos pensamientos los conozco porque ese niño era yo, y creo que esa fue mi primera impresión consciente del padre de mi madre.

Con menos de seis años, compartía mis momentos de ocio, deslizándome por los oscuros pasillos de aquel primero B en Alicante, con ratos de pensamientos profundos acerca de las enfermedades, la muerte, la eutanasia, y por consiguiente, la renuncia voluntaria a la propia vida.

Convertimos nuestra vida en una constante lucha, en un esfuerzo donde todo nos ha de costar algo para aprender a valorarlo: cuanto más fervientemente defendemos nuestros principios y más trabas nos encontramos al hacerlo, más orgullosos nos sentimos de ello. Pero en una guerra así, la tregua puede tardar mucho en aparecer, y si eso ocurre, el cansancio nos puede conducir a plantear soluciones drásticas que pongan de una vez fin al conflicto, arrasaríamos otra vez Hiroshima sin replantear las consecuencias sin con ello creyésemos que se acabarían todos nuestros problemas.

Nos creemos desgraciadamente únicos, incomprendidos, sufridores empedernidos que sostienen el peso del mundo sobre sus hombros. Cada uno víctima de su tragedia, donde los demás son meros figurantes sin un trasfondo lo suficientemente profundo: “qué sabrán ellos por lo que estoy pasando?”

Pero el sufrimiento no es más que un camino, la elección de la desgracia y de la autcompadecencia, a sabiendas que es una educación heredada, un comportamiento de nuestros mayores que esperan, a través de él, llegar a un nuevo sitio donde no existan nuestros temores.

Que sería del suicidio sin la religión, cómo vería nuestro mundo, nuestra sociedad, al individuo que decide negar su existencia, y que decide hacerlo libre de toda presión, de todo miedo, de toda tradición?

Solución rápida? Derrota prematura? Quién eres tú para juzgarme? Cambiémonos los zapatos por algo más que un día, una vida tal vez, pero no lo midas por el desgaste de nuestras suelas, porque la planta de mis pies puede ser más sensible, y desde pequeño no me enseñaron a andar por cristales. Decidir sobre el fin de nuestras propias vidas es la única decisión que puede darnos una falsa sensación de control. Recurrimos a la rutina, siempre tomamos las mismas cosas y frecuentamos los mismos lugares a las mismas horas. Todo ello sólo para reforzar la teoría de que somos dueños de nuestro destino.

Vuelven los gritos, ahora guturales, inteligibles, escapados más allá del dolor de una mujer inmóvil, en su cama, con cefaleas debidas a la tetraplejia y con llagas por todo su cuerpo, es mi vecina del octavo, la que vive justo en el piso de abajo al de mis padres.
Siempre que me cruzo con su familiares en el ascensor, compruebo la magnitud de su sufrimiento a través de su cara, de sus ojeras, de su andar encorvado, de sus miradas que hablan de un deseo de descanso, de terminar con la agonía, por el bien de todos. Pero son católicos, y sólo rezan a Dios para que sea él, quien, con su sabios e inescrutables designios, sea quien ponga fin a todo.

Otro grito, y aparece de nuevo la imagen de mi abuelo, contemplándonos desde su sillón a mi hermana y a mi jugando en el suelo del salón. En sus ojos veo felicidad y el orgullo de quien contempla su obra realizada. La serenidad de sus ojos me llena de tranquilidad, y por fin caigo rendido al sueño alejado de cualquier imagen y pesadilla.

14/12/2006

Blogtrospectiva [Divagaciones] — escrito por Void a las 17:15:45

Hoy le robo unas horas a la sobremesa para dedicarle unas líneas a algo olvidado, a algo que, quizás, en este momento de mi vida, no necesite: mi blog.

Lo abrí como una terapia. Separé una parte de mi vida que encerré en Internet, en unas horas de flexo y reflexión cada noche, para así continuar con el resto de ella con “normalidad”.

Cuando algo me cabreaba, me sentaba delante del ordenador o de una hoja en blanco y dejaba que ahí, mis pensamientos y sentimientos se entremezclasen para conformar un amasijo de palabras que luego publicaba en forma de pataleta. Por eso, la mayor parte de las publicaciones escritas no son más que críticas fáciles, en su mayor parte, y destructivas al carecer de solución alternativa alguna.

Cuando descubrí que había gente que lo leía, me creí capaz de cambiar la forma de pensar y de ver la realidad de alguien (Humildad y yo nunca nos hemos llevado bien). Y así dejé de contar, porque pensaba que no tenían “calidad”, ciertas cosas, que hace poco desplacé a un flog en modo de bromas absurdas y chistes fáciles.

Pero siempre pasa que, cada vez que me paso por esta dirección, veo un post que lleva demasiado tiempo en pantalla y me acuerdo de ese diseño, a medio hacer, para cargarme ese blanco impolúto y esa tipografía horrorosa. Igualmente recuerdo lo que significó en su momento este blog para mi. Entonces es inevitable no replantearme el tomar su idea original, un diario público, y volver a escribir siendo consciente de los errores anteriores (que volveré a cometerlos) y, de que quiera o no, escribiré condicionado, sabiendo qué gente me lee y qué consecuencias puede traer.



Dedicado a la chica castaña del jersey verde sentada enfrente de mi en el Club Social 3 (aunque ella nunca lo sabrá), por dedicarme ella a mi esas miradas, sin las cuales este post se podría haber escrito de un tirón. Soy como un niño, aún me pongo nervioso cuando me miran.

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