Han pasado ya la Semana Santa y el Puente de Mayo. Atrás quedaron esos días de hacer NADA, de tirarme todo el día durmiendo, descansando y mirando las musarañas. Lo cual te da una nueva perspectiva de la vida que nunca llega a ser nueva del todo, si no más bien se trata de un enfoque olvidado que recuerdas o retomas porque adquiere un nuevo significado.
Al final, hasta la vagancia aburre por lo que ya tenía ganas de volver de nuevo a la vida universitaria. Después de mucho calcular y pensar me he dado cuenta que soy vago por naturaleza, y que sólo con el hecho de estructurarme y aprovechar el tiempo sería un hombre de provecho sin necesidad de “stressarme”. Ahora, del dicho al hecho…
Por lo pronto he reciclado una vieja agenda en blanco, del año pasado, para escribir algo en el autobús, y así, las mañanas como ésta, tenerlas libres para dedicarlas a la universidad. Lo de hoy es una excepción debida a la fuerza de la costumbre y a que ayer me dio un ataque de epilepsia mientras escribía en la agenda mientras volvía a casa, porque esa caligrafía no puede ser debida a otra cosa. Roma no se construyó en un día.
Cambios y más cambios, altibajos con más de lo segundo que lo primero (aunque muchas veces los altos compensen). El transcurso de este año está siendo un tanto extraño. Se trata de una época de adaptación a la madurez, a la soltería, a follarme encima y a tratar de ser quien de verdad yo quiero ser (salvo por lo del sexo, claro). Y realmente es muy jodido ser uno mismo y vivir consecuentemente con ello. Aunque parezca mentira, es más agotador ser que dejarse llevar. Escudarse en la mayoría es mucho más sencillo, de hecho es una manera de quitarse de encima las responsabilidades.
Estaba bien eso de ser bebé, si tenías hambre lloraba y te alimentaban, si te cagabas llorabas y te limpiaban, si… en fin ¿hace falta que siga?
Crecemos, maduramos y algo cambia en nuestro interior y en el mundo que nos rodea (realmente éste no cambia, pero sí nuestra manera de verlo). De repente, cada acto que realizamos deriva en consecuencias que entrañan responsabilidades, en NUESTRAS responsabilidades, y por tanto nadie más estará ahí por nosotros para responder por ellas, así que por mucho que las evadamos seguirán ahí porque mami y papi ya no van a ir a limpiarte el culo, a no ser que papi y mami sean multimillonarios y lo limpien todo con un papel higiénico en forma de cheque engordado con muchos ceros. Las responsabilidades son como la mierda, por mucho que trates de esconderla, aunque no la veas, seguirá oliendo y cada vez peor. De hecho, por aquí empieza a oler un poco extraño. Uys! pues parece que ésta vez no he sido yo. Y es raro, porque ese olor está donde quiera que vaya, y no es por la planta de tratamiento de residuos que han abierto en los alrededores de mi ciudad, es por esa moda que se ha implantado. Todo el mundo quiere disfrutar, pasárselo bien, tener privilegios sin tener obligaciones, y ante la menor complicación: balones fuera. Si la montaña de responsabilidades es tal que el hedor se hace insoportable existe una técnica de eficacia demostrada: “pasar el marrón”, y más aún en política, donde ya hay años de experiencia.
Por mucho que queramos y lo intentemos no podemos volver a ser bebés, para bien o para mal, el cambio es inevitable y cualquier intento de detenerlo o negarlo acaba convirtiéndose en una ridícula pataleta. Por ejemplo la que dio la sociedad de conductores cuando, debido al número elevado de accidentes esta Semana Santa, cargó las culpas sobre la DGT alegando que el número de controles era insuficiente. Qué responsabilidad puede tener un conductor sin la formación necesaria (ahora que está tan de moda el caso), qué responsabilidad podrá tener su difunta madre por permitírselo, qué responsabilidad podrá tener alguien que circula de forma indebida. Ninguna, porque la culpa de todos estos casos era de la Guardia Civil por no estar en el lugar oportuno y en el momento oportuno para detenerlo.
Realmente, ¿es así como funcionamos? ¿creemos que todas nuestras responsabilidades acaban en el momento que pagamos una multa? La picaresca española parece habernos enseñado algo: mientras no me pillen, no estará mal.
La mayor parte de los actos que no realizamos, no los cometemos no por concienciación, si no por miedo a las represalias. No excedemos del límite por miedo a las multas, no somos infieles por si se entera nuestra pareja. Qué podemos esperar si toda nuestra educación desde que somos pequeños está basada en eso: “si no te duermes vendrá el Coco”, “como no te estés quieto llamaré al guardia”, “si dices palabrotas se te caerá la lengua”, “si te portas mal Papá Noel o los Reyes Magos no te traerán nada”. Y aún hay gente que cree que las cárceles no sirven para nada, si simplemente el miedo que infunde el ir a una de ellas y que un armario de 2x2 metros te acabe violando en las duchas ya evita suficientes delitos. Y es que, como dice mi amigo er Killo, vivimos en la Cultura del Miedo.
P.D. Dedicado al mejor antidepresivo que he conocido y que es capaz de hacerme reír incluso a las dos y media de la mañana.

