La noche anterior me había retirado pronto a la cama. En el exterior de la casa hacía, el frío le había tomado la revancha al calor en cuanto el Sol había descendido, y en el interior me ahogaba con tanta falsa plañidera, que trataban de preparase para su muerte a fuerza de vivir la de otros. En parte también, sabía que mi madre querría irse después del entierro y yo no confío demasiado en su habilidad al volante (por lo visto le ha cogido miedo al coche nuevo).
El día anterior, cuando mi padre me había comunicado la noticia de que mi abuela estaba muy grave, al preparar la maleta, casi instintivamente había preparado el traje y la camisa que me disponía a vestir.
Me dirigí a casa de mi abuela con las gafas de sol para disminuir la intensidad lumínica que de nuevo alumbraba el día, parecía como si el tiempo quisiese disminuir la tristeza de esos días adelantando la primavera. Y allí me uní a otra multitud de gafas tintadas, unas para ocultar la rojez de los ojos que no cesan de llorar, otras, al igual que yo, por comodidad, y otras por vergüenza, para ocultar la incapacidad de llorar.
Me abracé a mi prima quien me pidió por favor las gafas, la miré y vi que a ella le hacían más falta que a mi, yo, todavía, seguía sin derramar ni una gota y ya empezaba a pensar si estaba seco.
Mi abuela siempre fue una mujer de costumbres y de palabra. Lo primero que dijo es que antes muerta a que la sacasen de su casa, por eso cuando vio que el dolor de espalda le iba a impedir hacer su vida y valerse por si misma, se apagó como una cerilla. Lo segundo es que quería ser enterrada bajo tierra y así se haría. Y lo tercero, que nada de coche fúnebre, que para eso tenía nietos y sobrinos.
Al principio pesaba, luego, poco a poco, esa carga física empezó a asemejarse a una carga emocional y con cada paso el nerviosismo daba paso a la concentración. Al llegar a la iglesia sólo quedaba una sensación de bienestar.
De nuevo las plañideras hicieron acto de presencia sentándose bien cerca del féretro, haciendo que algunos familiar no pudiesen sentarse en las primeras filas, por lo que opté quedarme apartado en un lateral.
Veía la cara de mis tíos, como niños desvalidos, llenas de dolor, de mis primos afligidos, pero yo seguía reflejando la misma tranquilidad que al principio como si nada de eso fuera conmigo. Quería a mi abuela, pero había vivido noventa años por sí misma, sana, sin problemas e impedimentos y por segunda vez en mi vida, estaba ante una muerte y yo me sentía agradecido por haber conocido a esa persona y porque hubiese formado parte de mi vida. Tan sólo al terminar la misa, mi padre me apretó fuertemente el hombro y pude notar su dolor.
De nuevo en el cementerio, un montón de gente desconocida me arrolló sobrepasándome y acercándose lo más posible a la fosa. Allí, sin visibilidad, me quedé abrazado a mi hermana, imaginando como a cada golpe de tierra, la caja de madera se perdía en la profundidad. Aguanté de pie hasta que quedamos los enterradores y yo, y me despedí de ella en mis pensamientos mirando fijamente el tramo de tierra removida. Aunque el hecho de haber buscado la soledad no se debía exclusivamente a eso. De camino a la salida paré delante del nicho de Gabriel, aún desnudo, sin lápida, por lo que si una de mis primas no me la hubiese enseñado la tarde anterior, no la habría reconocido.
En ese momento, todo lo que se había guardado dentro de mi, salió y mis ojos se volvieron a nublar como otras tantas veces lo hicieron en el pasado y tantas veces les quedarían todavía por hacer.
Mi padre tenía que quedarse para solucionar papeleos por lo que al terminar de comer cogimos el coche.
No tenía el cuerpo como para adentrarme por carreteruchas adelantando camiones así que decidí tomar todo el tramo de autovía y aprendí algo muy valioso a lo largo del trayecto, si me pierdo, que nadie me busque a las ocho de la noche en la M-40.


Últimamente escribes tan sentido y con tanta claridad que me transmites una sensación muy rara… apenas te conozco, ni conozco tu mundo y cuando te leo lo siento, lo palpo y lo veo. Y quería hacerte llegar mi apoyo en cualquier momento que te puedas sentir abatido… supongo que sobran estas palabras, pues los hechos lo confirman. Pero es que te leo, termino tu escrito y me quedo con la mente en blanco mirando la pantalla durante unos segundos que sólo me permiten organizar y reconocer una de tantas ideas… que me tienes para lo que sea. Un beso Vacío
Comment by Mayka — 27/03/2006 @ 12:15:59
Realmente me he sentido identificada.
Recuerdo una mañana de Enero, sin una sola lágrima, sin un mal gesto, incluso con una sonrisa.
Y recuerdo las miradas de reproche, algunos codazos inquisidores y recuerdo a las plañideras.
Las lágrimas llegaron meses después, cuando me di cuenta de que le echaba de menos, pero que me gustaba como se había dormido…
Besitoss
Comment by Paulita — 28/03/2006 @ 19:21:14