Esa mañana desperté sin muchos ánimos de acudir a la universidad. Oía de fondo el agua de la ducha golpeando sobre el suelo de la bañera en el cuarto de baño, así que decidí darme una prórroga hasta que hubiese quedado vía libre. Como mi madre sabe que las camas son amantes exigentes, y la mía, siempre trata de retenerme entre sus brazos a toda costa, no pasarían más de dos minutos desde que sonó la repetitiva y chirriante alarma del despertador hasta que se personificase mi progenitora equipada con grúa, casco, bocina y resto de equipo de protección laboral para rescatarme de las fauces de tan feroz bestia (causante de faltas e impuntualidades).
Por lo general, desde que abro los ojos hasta que estoy sentado en el autobús que me lleva a la universidad, hay un vacío temporal del que a veces consigo tener recuerdos borrosos.
Esa mañana recuerdo ir dando tumbos por el pasillo, rebotando entre una pared y otra alternadamente. A mitad de camino, a la altura del cuarto de baño, salía mi padre del mismo con una mirada era diferente a la que se supone que le debería corresponder (claramente marcada por una seguridad que transmitir a sus retoños). Hoy al mirarle a los ojos me encontré con un niño asustado e indefenso. Mi abuela (su madre) había sido ingresada la noche anterior por un dolor de espalda, y esa mañana, a las seis y media, una llamada telefónica le había confirmador que iba a peor.
Mis padres, discutiendo acerca de la gravedad de la situación y de la necesidad de ir o no toda la familia a Extremadura, y yo, en mitad del fuego cruzado, como siempre en estos casos, reacio a tomar una decisión propia para evitar acabar con un “siempredefiendesatumadre” o un “siempredefiendesatupadre”. Al final, la seriedad del asunto y el sentido común quisieron reforzar mi firmeza en pos de una decisión que nos llevó a todos al coche.
Mis cuatro horas de sueño y la implicación emocional de mi padre apuntaban como primer conductor a mi madre, empeñada en tal tarea pese a que los nervios y la inexperiencia con el coche “nuevo” no hicieron más que acumular un mayor nerviosismo dispuesto a estallar en el momento más inesperado.
Los kilómetros pasaban, al igual que el paisaje yermo de las desnudas tierras manchegas, hasta que al final me tocó el turno al volante para desafiar cualquier radar. Pero la muerte no espera y mucho menos a mi, desde hace años nos la tenemos ambos jurada. A menos de una hora del destino a través del móvil mi padre confirma el fallecimiento de mi abuela (la familia nos había ocultado la noticia para evitarnos incidentes a lo largo del viaje).
Mi paraíso se había vuelto a teñir de negro, y pese a que el sol no invitaba al abatimiento, la sombra de la tristeza se alzaba desde el suelo eclipsándolo. Los rostros de cansancio y llanto que rodeaban la casa de mi abuela no encontraban el consuelo en abrazos y besos.
El viaje, el sueño y la situación me dejaron completamente agotado, por lo que decidí escaparme hacia un nuevo rincón donde el sonido del agua corriendo entre las piedras de la garganta sustituyese al del agua resbalándose por las mejillas.
De camino al río me encontré con un lugar donde las noches de infancia los amigos nos reuníamos a jugar inocentes a “polis y cacos” alumbrados tan sólo por la luna. Dulce recuerdo que se tornó en amargo cuando mis vista se posó los árboles donde él se
encaramaba.
Descubrí a mi corazón vistiéndose de doble luto en el más maravilloso de los paisajes y proseguí con mi camino hasta una piedra donde la cercanía del agua y el calor de los rayos del astro rey me transportaran a otro lugar alejado del resto del mundo. El olor tan característico de ese agua, el canto de esos pájaros, dispararon más recuerdos, tantos que opté por hacer una retrospectiva de toda mi vida ocurrida en ese lugar: mi infancia, amigos, familia, amores platónicos… y como no, mi abuela. Una mujer que con cuarenta años tuvo que aprender a vivir sin su marido y hacerse cargo de siete hijos y soportar la muerte de dos de ellos. Conoció a quince nietos y dos bisnietos, y nos quiso a todos por igual, pese a lo poco que la veíamos. Siempre recordaré su voz rota, sus noventa años llenos de la vitalidad donde su falta de educación no la impidió devorar la montaña de libros que le llevaba mi padre con asiduidad.
Una lagartija correteando entre la hojarasca de unos matorrales me trajo de nuevo a la realidad y volví a casa de mi abuela para encontrarme con todos mis primos sentados en el poyo de la puerta y alrededor de la misma un montón de gente. Pese a reunirnos de higos a brevas (y nunca mejor dicho), algo en nuestro interior se ilumina cuando estamos todos juntos.
Según iba anocheciendo, la gente y el frío iban acudiendo al velatorio. En el interior de la casa, las plañideras se situaron en sillas a lo largo de todo el pasillo, en torno a la habitación con el féretro para darle los últimos rezos en forma de un murmullo continuado, al unísono, como si estuviese realizando arcanos conjuros. Entré al salón a dejarle una chaqueta a mi padre poco antes de irme a dormir y aún podía notar su presencia en su silla, así que no pude evitar el lanzar una mirada cómplice al vacío del asiento como diciendo: “Escuchas? tienes un ejercito ahí fuera velando por ti”.


Un abrazo, niño…
joder..
Comment by reve — 23/03/2006 @ 00:42:55
Lo siento, últimamente las parcas parece que se están cebando en tu familia. No tengo mucho que decir, en estos casos todo sobra.
Un abrazo
Eduardo
Comment by terminus — 23/03/2006 @ 21:39:05
Un saludo,
Xavi.
Comment by Xavier — 24/03/2006 @ 11:08:25