Ocurriría hace unos tres años aproximadamente. Por aquel entonces estaba estudiando en Al-Basit por lo que los fines de semana los pasaba a bordo de los trenes que me acercaban a ver a mi familia ya la que por aquel entonces era mi novia.
Era un sábado por la mañana como otro cualquiera. Los auriculares resonaban en mis oídos mientras comptemplaba como se iba sucediendo el paisaje al paso del tren. Levanté la mirada y me encontré con la suya. Unos cuantos asientos en frente, al otro lado del pasillo estaba ella, sentada junto a su madre.
Por lo general, en otras ocasiones me hubiese mostrado, nervioso, inquieto, comprobando si mi cremallera estuviese abierto o cualquier otro descuido que provocase esa atenta mirada. Pero aquel día no. Centré mis ojos en los suyos durante unos segundos. No apartó la mirada, a ella le gustaba ese juego, el descaro, la provocación. Mi curiosidad quería saber hasta dónde podría llegar aquello.
Su madre se debatía entre el sueño y la vigilía, con su atención recayendo sobre la ventana del vagón. Así que fui yo quien empezó a mover ficha. Comencé a bajar mi mirada muy lentamente, centímetro a centímetro, siempre consciente de que mi descaro era seguido por sus ojos. Me detuve a contemplar lo que el escote de una camisetilla blanca de tirantes dejaba entrever y bajé hasta comtemplar cómo su sandalia se balanceaba divertida sobre la punta del pie que cruzaba por encima de la otra pierna. Volví a subir hasta sus ojos, para que esta vez fuese ella quien hiciese lo mismo conmigo. No me hizo falta observar como me recorría con su vista para sentirla, para conocer su camino. La notaba como si me estuviese recorriendo con sus labios. Cuando nuestras miradas volvieron a encontrarse, sus ojos habían tomado un matiz distinto, un brillo especial: deseo. Se mordió el labio inferior con cara de traviesa para luego recorrer con la punta de su lengua el contorno de los mismos.
Nuestros cuerpos sentían una espcial atracción el uno por el otro, deseaban encontrarse, sentirse.
Me levanté y me dirigí al aseo, ni un solo gesto, ni una insinuación más. Al poco apareció ella, yo la estaba esperando. Entró, cerró la puerta, y nos precipitamos, el uno sobre el otro, dejando que nuestros labios fuesen lo primero en tocarse. Así, sin mediar una palabra, ni una pregunta. No era necesario. Lo único que quieríamos saber el uno del otro estaba bajo las ropas.
Y así debería haber ocurrido si no hubiese cerrado la puerta del baño con pestillo. Vi como la manivela giraba, pero no abrí. Sabía lo que me jugaba: “El amor de una vida por unos momentos de vacío placer, de simple sexo”. Eseperé unos segundos para salir, lo suficiente para verla volver a su asiento. Ahí acabó todo, no más provocaciones, no más miradas, y yo, de nuevo, absorto con mi música.
Ahora el amor no se perfila para toda la vida y ya no sigo saliendo con aquella persona. Y pese a las críticas que he recibido por parte de mis amigos, no me arrepiento de nada. Fui consecuente con mis pensamientos y no me tengo que reprochar nada. Cada vez que surge el tema de la infidelidad me miro con orgullo (aunque a veces pienso que con estupidez).
Mi concienca está tranquila, pero, ¿y la vuestra?
P.D. Espero que Milena no me pida derechos de autor por el nombre de esta nueva categoría.

