Estoy demasiado cansado como para seguir intentándolo. Llevo ya varias horas tratando de dar forma al borrador que tengo entre las manos pero nada de lo que escribo me convence.
Estoy lo suficientemente agotado física y mentalmente como para no salir a patinar. Creo que bajo estas condiciones tampoco debería seguir escribiendo. Sería mejor descansar y dejar que llegue un nuevo día y nuevas fuerzas para salir de este pequeño e inexplicable bajón moral.
Quizás esperaba demasiado de hoy: acabar el artículo del blog, las prácticas de la universidad, y al llegar a casa encontrarme con ese mensaje que me alegrase el día. Por lo visto el cansancio y la frustración han ido acumulándose en mi cuerpo y todas mis espectativas se han venido a pique. Y lo mejor de todo es que he sido yo solo quien se ha encargado de ello.
Igual que una persona que trata dormir a toda costa y no lo consigue debido a la tensión que genera su propio deseo, he permitido que mis deseos levantasen muros de aire en mi camino, y tan sólo he tenido que agotarme tratando de saltarlos para llegar a este punto, no ha hecho falta nada ni nadie más.
Es por ello que me he visto obligado a recordar un viejo proverbio zen que tantas veces me ha guiado:
“A aquel que no espera nada le aguardan grandes sorpresas”

